Artes marciales y fosfenismo
ARTES MARCIALES Y FOSFENISMO
por: Daniel STIENNON
ARTES MARCIALES

Para comprender las artes marciales, habría que situarlas en su marco original y restablecer el lazo que tienen con el Fosfenismo. La influencia del Fosfenismo en la historia de la humanidad es considerable. Para valorar bien su importancia, hay que comprender lo que es el Fosfenismo. Los fosfenos son todas las sensaciones luminosas subjetivas. Para obtener un fosfeno basta con fijar la mirada durante treinta segundos en una «lámpara fosfénica», colocada a dos metros de distancia. El posfofeno consecutivo a la fijación de la mirada tiene una duración de tres minutos. Todos los estudios históricos culturales o religiosos hacen referencia al Fosfenismo, es decir, a la utilización del fuego y de la luz. En efecto, todas las grandes tradiciones espirituales o religiosas practicaron la fijación de la mirada en fuentes de luz. Este punto se obvia completamente: nos vinculamos más a la forma de los mitos que a sus enseñanzas. El primero que ha puesto esto en evidencia es Francis LEFEBURE, médico e investigador francés, que descubrió la relación entre las observaciones de fuentes de luz y las prácticas religiosas y concibió un conjunto de técnicas destinadas a desarrollar las capacidades cerebrales.

La «mezcla fosfénica» consiste en mezclar con el fosfeno (la mancha multicolor que aparece en el campo visual) un pensamiento auditivo (la evocación mental de una frase o de un mantra), o un pensamiento visual (por ejemplo, la visualización de un movimiento). El principio fundamental del trabajo con fosfenos en las artes marciales es simple: hay que hacer un fosfeno, luego imprimir un ritmo regular el cuerpo (kata), añadir un ritmo sonoro (kiaï), dar un ritmo al pensamiento (visualización, repetición), o mantener un ritmo respiratorio particular (kata respiratorio). En el curso de la práctica, todos estos ritmos se sincronizan, lo que despierta capacidades muy elevadas, de modo progresivo y sin embargo bastante rápido.

Para nosotros los occidentales, la noción de artes marciales esencialmente designa las formas asiáticas de combate, incluso si engloba a veces actividades satélites de la práctica marcial propiamente dicha: técnicas diversas de meditación, de masajes, de relajación, más o menos tradicionales. Posteriormente se ha incorporado a la práctica marcial todo un lenguaje, una terminología, una retórica filosófica que utilizan los maestros de las artes marciales, amalgamas modernas de conceptos chinos y japoneses, indios, tibetanos... Hay una gran diferencia entre lo que los primeros expertos japoneses llegados a Occidente enseñaban a sus alumnos y la práctica de hoy. Si el exotismo de las artes marciales era atractivo, la práctica era demasiado dura, demasiado árida y se hacía sin explicación de ningún tipo, lo que fue suficiente para desalentar a más de uno. Los expertos fueron obligados a suavizar la práctica y a adaptarla al estilo occidental y por consiguiente, a vaciar su arte de sustancia. ¿Por qué? Precisamente porque se trataba de disciplinas marciales, es decir guerreras, que giraban alrededor de la vida y la muerte. En el contexto de la sociedad asiática antigua, el que había llegado a ser un «maestro» era considerado, sin ningún género de duda, un artista en el sentido más elevado del término, porque había sobrepasado todas las coacciones físicas y psicológicas.

Había alcanzado un estado de conciencia. Más allá de todos los aspectos técnicos, es el estado que todos ellos buscaban, a menudo a lo largo de toda una vida y es el estado que marcaba la diferencia. Así pues, si fue tan simple y tan natural hacer una amalgama entre las concepciones asiáticas y las indias, es porque efectivamente existe un trazo común entre estas culturas. No es fácil descubrirlo porque la inmensa mayoría de los conceptos asiáticos e indios no tienen equivalente en nuestras lenguas. Términos como ki, chacras, kundalini, no evocan nada para muchos de nuestros contemporáneos. Incluso si los encontramos cada vez más en libros que se jactan de haber despertado sus chacras, ¿pueden realmente explicar a qué corresponden? En general, podemos damos cuenta de que esencialmente, hacen un trabajo de imaginación. Confunden percepción e imaginación.

En cuanto a k undalini, todos los libros expresan la belleza y la potencia de esta energía pero todos ellos afirman que es peligroso despertarlo, estos libros omiten subrayar que en realidad, faltan muchos elementos para comprender lo que es kundalini y a que procesos esta relacionado. ¿No hay aquí una contradicción? Además, con el número creciente de practicantes de artes marciales, ¿cómo es que no hay una pléyade de maestros iniciados? No es así porque lo esencial de las artes marciales está ausente de la práctica. Estas cuestiones permiten comprender la necesidad de integrar en la práctica todo un juego de referencias pseudo filosóficas, con el fin de que el alumno tenga paciencia y de culpabilizarlo si no obtiene los resultados que sobrepasan el marco de sus esfuerzos físicos. Resumamos estas cuestiones en una única: ¿por qué no podemos realizar las mismas hazañas que los «maestros» consagrados? Sin duda porque la respuesta no se encuentra en la técnica es evidente que ellos la descubrieron de otra manera. ¡Todas las aproximaciones filosóficas del mundo no podrán cambiar esto! La principal comprobación que se puede hacer, es que la inmensa mayoría de las artes marciales han sido creadas por monjes. Los guerreros que crearon una técnica o una forma de combate siempre lo hicieron durante un retiro en un templo, en un monasterio o apartándose de la sociedad para vivir en la naturaleza según su religión. Hacia el año 500 después de Cristo, el monje budista Bodhidharma dejó su India natal para instalarse en China. Se presentó en el célebre monasterio de Shaolin, pero los monjes no quisieron recibirlo. Durante nueve años, meditó delante del monasterio. Allí, creó en forma de arte de combate, los estilos internos y externos.

El estilo interno (nei-chia) esencialmente se trata de que el practicante sea consciente del potencial energético que se encuentra en él, despertar esta energía, desarrollarla y proyectarla. El estilo externo (wai-chia) consiste en técnicas violentas y físicamente poderosas de cuerpo a cuerpo. Bodhidharma también creó el Ch'an que se convertirá en el Zen de Japón y por el que se interesaron muchos guerreros. También es un sacerdote budista, Won Kwang Bopsa, el que en Corea creó el Hwa Rang Do , en provecho de una orden de guerreros de élite, los Hwa Fila, a petición de rey Chinhung (540 después de Cristo). Estos guerreros fueron conocidos por ser temibles y muchas anécdotas nacionales alaban las hazañas de estos combatientes cuyos pies fueron comparados con sables, tanto por su velocidad de golpeo como por su potencia. La armadura de madera de un adversario podía ser quebranda por un golpe directo, matando al hombre instantáneamente. Sobre un grabado que representa a un héroe coreano, el general Yoo Shin Kim está de rodillas con las manos juntas. Su sable reposa sobre un altar de piedra, cerca de un vaso donde arde del incienso. Delante de este personaje, un viejo se tiene en pie sobre un palo largo. La leyenda del grabado es El General Yoo Shin Kim en el monte Dan Suk, practicando el Hwa Rang Do (611 antes de Cristo). Ahora bien, el general no está representado en situación de combate, ni entrenándose en el manejo de armas, sino que observa un rayo de sol que penetra en la cueva por un orificio. La leyenda dice: Practicando el Hwa Rang Do. Las religiones asiáticas son ante todo cultos solares.

En la concepción de este arte marcial, el símbolo del «yin» y del «yang» (um y yang para los coreanos) daba los principios de base de la técnica (no podemos sorprendernos por esta aportación china porque en Asia, las influencias religiosas eran recíprocas. Los coreanos son a la vez confucionistas, budistas y cristianos). El aspecto «yin» simbolizaba la luna que representaba las tinieblas, la flexibilidad y los movimientos circulares, mientras que el aspecto «yang» simbolizaba el sol que significaba luz, dureza y movimiento directo. Además, como la inmensa mayoría de las artes marciales, este arte coreano no estuvo considerado como un fin en sí sino como un «camino» que permite conectar el universo interior del hombre al «principio universal» (Hwa-Rang-Do). Esta ambición de los creadores de las artes marciales de ascender mediante el combate a la sublimación del individuo, se encuentra en muchas técnicas ya sean indias, coreanas, chinas o japonesas. Esto fue así en una cierta época en la que las artes marciales en su origen, se vincularon muy estrechamente a la religión. La palabra «religión» viene del latin « religare» y significa poner en comunicación . Este concepto es paralelo a la noción asiática de «vía, camino» así pues no es sorprendente que a través de vías guerreras, los monjes hubieran expresado en el fondo, su fe y sus conocimientos. Hay que concluir que es en el seno de las religiones asiáticas donde las artes marciales encontraron el principio activo que daba tanto poder y eficacia a los que las empleaban.

EL TAOÍSMO

Del pensamiento taoísta, nacieron numerosas artes marciales. Los sacerdotes taoístas fueron venerados y respetados por los numerosos «poderes» que poseían. Poseían el conocimiento de todos los medios de acción, directos e indirectos, sobre los seres y sobre la naturaleza. La doctrina taoísta se desarrolló entre los archiveros señoriales, los cuales registraban y guardaban todas las informaciones sobre los cultos y los ritos que las personas nobles y los señores debían cumplir. Príncipes, señores, y emperadores, no vacilaron por otra parte, en rodearse de sacerdotes taoístas. Algunos después de asentar su poder, intentaron incluso eliminar a los taoístas por temor a que difundieran sus enseñanzas a otros señores. Como en el confuncianismo estas enseñanzas se asentaron sobre viejas creencias, pero la orientación taoísta era mística ante todo y el objetivo era acceder a un poder personal sobre los hombres y sobre la naturaleza. Para obtener sus objetivos los monjes taoístas iban a vivir en la naturaleza entre los picos y los barrancos de las montañas.

El medio que les permitía alcanzar este poder de realización era la meditación. La concentración sobre un único punto les hacía acceder al éxtasis. Pero todavía, como para el budismo, no era el principio esencial. El adepto taoísta procuraba alimentarse de energías de la naturaleza y para esto utilizaba técnicas muy antiguas: entre otras cosas, absorbía la energía «yin» y «yang» de la naturaleza tomando baños de luna (yin) y baños de sol (yang). Practicaba ejercicios respiratorios entre los que la fase más importante era la retención prolongada del aire que anticipaba el éxtasis. Absorbía el fuego del sol, comparado con el oro, a través de un espejo, es decir, que observaba el reflejo del sol en un espejo. Con la ayuda de una especie de concha, extraía el rocío de la luna. Esta concha servía de espejo como otros elementos de los cuales sacaba las energías «yin» y «yang» , la plata, las perlas y los jades, apreciados precisamente por sus reflejos. Muchas obras del movimiento taoísta se presentan como revelaciones, lo que no sorprende cuando se sabe que la práctica de observaciones de fuentes de luz permite obtener la inspiración en forma de ideas profundas y claramente expresadas sobre preguntas, problemas, temas de reflexión, gracias a que los fosfenos actúan sobre el sistema nervioso y permiten tener acceso a los lugares más profundos del subconsciente y desarrollar así la memoria y la creatividad. (Para las aplicaciones pedagógicas del Fosfenismo, véase Expansión cerebral por la luz natural de la escuela del Doctor LEFEBURE.

LA RELIGIÓN SHINTO (JAPÓN)

Hacia la mitad del siglo quinto de nuestra era, China aporta su escritura a Japón que no la poseía. No sabemos pues nada veraz, anterior a esta época, sobre Japón. Al mismo tiempo que la escritura, que incorpora automáticamente, Japón acoge el modelo de administración, las religiones (confucianismo, budismo, taoísmo) y las bases culturales Chinas que tanto influyeron en el desarrollo histórico de Japón. En el siglo sexto, la palabra «shinto» fue creada para diferenciar las prácticas religiosas japonesas de la aportación china, lo que no debió ser evidente porque la palabra «shinto» viene del chino Shin Tao y la pareja divina Izanagi - Izanami evidentemente se ha inspirado en el principio taoísta yin-yang.

El término Shinto y Kami-no-michi significan El camino de los dioses (Kami: lo que está encima, arriba) cuya práctica fundamental es la purificación. La religión japonesa es, desde su origen y hasta nuestros días, un culto del sol y del fuego. El pueblo japonés todavía venera la salida y la puesta del sol y son numerosas las fiestas con el fuego como protagonista: fiestas primaverales del fuego, las fiestas de los antepasados y de las almas de los difuntos, la fiesta del año nuevo, en la que los objetos del año pasado son quemados y dónde los hogares reciben el fuego purificado. En el momento de la fiesta Bono, fiesta de los antepasados y de las almas de los difuntos, una comitiva alumbrada con faroles va a buscar las almas al cementerio. En algunos distritos, se encienden antorchas en la cumbre de la montaña más próxima al pueblo y los muertos son llamados por su nombre. A la luz de las antorchas, la comitiva acompaña el alma del difunto hasta su casa donde los cirios del altar familiar se encienden con la llama traída de la montaña. El culto de adoración a Kami (matsuri) se celebra entre las tinieblas, alumbradas únicamente por algunas antorchas. Durante este culto, entre otras cosas, se toca un tambor o unas esquilas, llamando a Kami con palabras místicas. Las norito (invocaciones) son salmodias, cantos y bailes ofrecidos a Kami en los que se practica la adivinación. Con ocasión de la G ran fiesta primaveral del fuego (tai-matsu-no-matsuri) , cada corporación de la ciudad eleva una antorcha de veinte metros, (referencia del señor Random). En el país del sol naciente, los emperadores se consideraron como los descendientes de Amaterasu, la diosa del sol, la fundadora mítica de Japón, adorada como la divinidad japonesa más alta y más noble.

Estos mitos transcriben, desde luego, la evidente adoración al sol. Sin embargo, los textos del sintoísmo oficial (Kojiki: cuentos de la antiguedad; Nihongi: crónicas de Japón) no dan al mito de Amaterasu la importancia que tiene en el pensamiento popular. En el mito, después de las malas acciones de Susanowo, el Dios de océano y hermano de Amaterasu, esta última se refugia en una cueva celeste, privando así al mundo de su luz. Para hacer salir a la diosa de la cueva los otros dioses ponen en marcha una táctica: suspenden un espejo y un collar de perlas de las ramas de un tipo de pino. Se coloca un omóplato de gamo en el fuego con el fin de realizar una adivinación. Una madera resonando está delante de la cueva y una diosa efectúa un baile rápido. Los diferentes componentes del mito parecen de hecho, evidenciar los diversos modos de comunicación con la fuerza solar: espejo y collar de perlas colocados delante de la diosa cuando sale de la cueva, atraída por la risa de los dioses. Omóplato de gamo en el fuego: uno de los más antiguos procedimientos de adivinación. Los chinos utilizaban una concha de tortuga ardiendo. La madera resonando se aplica a una técnica vinculada con los ritmos sonoros. Encontramos estos ritmos en todas las formas de oración y de meditación de todas las culturas y tradiciones. El baile rápido indica la importancia de los movimientos rítmicos que se da al cuerpo para alcanzar estados de trance. Los movimientos rápidos también se encuentran en los bailes tradicionales africanos de vocación iniciática.

El mito no hace más que describir los principios esenciales que permiten acumular los ritmos en el organismo y en el psiquismo. En la práctica del sintoísmo, existen unos movimientos rítmicos llamados funa-koshi que son unos balanceos anteroposteriores acentuados por los movimientos rítmicos de los brazos, lo que refuerza el ritmo del balanceo provocando un ligero choque en la columna vertebral, todo ello amplificado por la repetición rítmica de kiaï. Después de varias series de este balanceo, los sintoístas practican otro ejercicio llamado furu-tama que consiste en colocar las manos palma contra palma para producir pequeñas sacudidas rápidas que crean una vibración en todo el esqueleto, particularmente en la columna vertebral.

Estos ejercicios se practican frente al sol naciente y frente al sol poniente, lo que permite observar el sol, o sus reflejos en el agua. Los encontramos también en la práctica del Aïkido, entre los ejercicios de preparación pero sin observación de una fuente de luz directa o indirecta; en este contexto es donde se encuentran los fundamentos de las artes marciales. El espejo y las joyas forman parte de los tres tesoros imperiales de Japón. El tercero es la Espada Celeste que reúne las nubes o detiene el fuego en las hierbas, lo que hace inmediatamente pensar en la potencia del agua. Amaterasu se los dio a Ninigi-No-Mikoto, su nieto, cuando fue enviado a la Tierra. Kojiki y Nihongi cuentan que dando el espejo, la diosa le dice a su nieto: venera este espejo exactamente como si fuera a nosotros a quienes veneras, lo que es una confirmación de la existencia de una relación entre el espejo y la diosa solar. Cada pueblo poseía su tesoro y este tesoro constaba de sables y de espejos considerados como sagrados. Al principio de la era Heian, en 804, encontramos espejos deificados. Si el espejo se volvió sagrado, es sin duda alguna porque permitía entrar en comunicación con la potencia celeste que es el sol, es decir, su fuerza espiritual. Anotemos también que al Dios del fuego su padre, Izanagi, le cortó la cabeza porque el nacimiento del Dios causó la muerte de Izanami, su madre. Esto significa que una parte esencial de la acción del fuego se nos escapa.

Todas las civilizaciones concedieron una gran importancia al fuego y a la luz en sus diversas manifestaciones. Pero analizando detenidamente su utilización veremos que no eran los servicios de calor y de cocción los que se veneraba y se deificaba. Esto desarma la «teoría» de que los primeros hombres tomaron el fuego y el sol como dioses porque se trataba de fuerzas de las que no comprendían su naturaleza y que adoraban a causa de su ignorancia y por el temor que el fuego y el sol les inspiraban. Al contrario, los estudios hechos sobre la civilización Aria, la cepa común a los pueblos indoeuropeos, muestran que el aspecto brillante del sol (Mitra) estuvo considerado como próximo al hombre en el sentido de amigo (vinculado a las actividades del hombre). El aspecto complementario era el aspecto oscuro del sol (Varuna), considerado como alejado del hombre y de sus actividades, pero correspondía al principio de acción del Orden Cósmico (justicia, dominio de los genios y de los muertos). (Jorge DUMEZIL, Los dioses soberanos de los Indoeuropeos , Ediciones Gallimard.) La mitología indoeuropea da valor pues a dos aspectos simétricos, a través de las nociones de fuego visible y de fuego escondido; lo que es corroborado, en la mitología shinto, por el hecho mítico de que el Dios del fuego fue decapitado por su padre. La mitología shinto hace uso también de un principio ausente o no visible (decapitación) ligado al fuego y que es esencial ya que se trata de la cabeza, el asiento de la inteligencia y del conocimiento. Nada impide identificar este fuego escondido con el fosfeno, para la formación del cual hay que utilizar un fuego visible ya que para los indoeuropeos, Mitra y Varuna, aunque distintos, eran inseparables uno del otro pues, la observación de una fuente de luz produce sistemáticamente fosfenos. Además, Izanami podría muy bien corresponder a la noción de universo espiritual ya que el nacimiento nos corta la conexión con el mundo espiritual, lo que se expresa en el mito por la muerte de Izanami, o más exactamente la pérdida del contacto con mundo del espíritu.

En este caso, Izanagi correspondería a la contrapartida material del universo. La noción de Dios del fuego sería entonces la expresión de un principio intermediario entre ambos tipos de mundos y permitiría, gracias a la acción de la luz sobre el cerebro, aumentar las capacidades intelectuales y creadoras pero también la capacidad de percibir los planos sutiles a los que, con nuestros sentidos físicos, no podemos acceder. Si releemos libremente esta simbología, comprendemos que exista, en el fuego físico, un principio no material que actúe sobre la inteligencia y el conocimiento. Y a partir de los elementos de la cultura Aria que hemos recordado, podemos añadir esto: este principio también da acceso a lo que todas las tradiciones llamaron «los mundos invisibles»; es el fundamento de todos los misticismos. Esta visión general de las religiones asiáticas, que no puede ser exhaustivo, muestra a través de diferentes aspectos y más allá de las doctrinas, una constante en la práctica de los ritos y de los cultos: todos ellos están vinculados a la luz. El estudio del Fosfenismo permite comprender ciertos símbolos contenidos en los mitos. Los mitos tienen por objeto cincelar el espíritu y perpetuar a través de los siglos, ciertas nociones y prácticas. Son una suma de informaciones. Si en lugar de disertar sobre los símbolos, se intentara comprender la relación que existe entre ellos y el individuo, no hay duda que accederíamos a un conocimiento muy profundo del ser humano. Si todas las culturas y todas religiones reposan en los mismos fundamentos, es porque los humanos son los mismos en todas partes y porque siempre han sido semejantes. Es aquí dónde se sitúa la verdadera TRADICIÓN: que es común para toda la humanidad, cualquiera sea el lugar o la época en la que se desarrolle y la forma que tomen sus enseñanzas.

El Fosfenismo también permite explicar ciertas prácticas que nos parecían extrañas hasta ahora. Asociados con los cultos solares y con los cultos del fuego, encontramos siempre cantos, bailes, música, oraciones o invocaciones. Es la utilización del RITMO, noción esencial en la práctica del Fosfenismo, porque sin soporte rítmico, hacer fosfenos no desarrolla casi nada. Por ésta razon, en el mito de Amaterasu, la importancia del ritmo es subrayada por la madera resonante que corresponde a los instrumentos de percusión. Los tambores son sagrados en muchas culturas porque crean vibraciones que se trasladan por todo el cuerpo. Cuando el ritmo físico contagia nuestro cuerpo, éste impregna el pensamiento, lo que provoca un estado de hiperconciencia por sincronización de los ritmos cerebrales, incluso estados iniciaticos de trance y de éxtasis. Este estado se caracteriza por la sensación subjectiva de estar inmerso en el ritmo y en la luz y por ricas y numerosas percepciones, que no competen de ninguna manera a la imaginación (sensaciones visuales, auditivas, cenestésicas).

El mito tiene también en cuenta el baile de una diosa, el baile sagrado que conecta otra vez a los danzantes al mundo del espíritu, como en el caso de muchos bailes africanos que tienen por objeto tomar conciencia del Alma del bosque o de los bailes de los derviches danzantes que provocan la sensación de exteriorización de la conciencia fuera del cuerpo. El ritmo se encuentra también en la oración de la religión shinto; consiste en leer los nombres de Kamis contenidos en Kojiki. Además, cuando el sacerdote ora, lo hace frente a un fuego y se balancea acompasadamente recitando el nombre de los ciento ocho dioses del panteón shinto lo que constituye un mantra muy eficaz que produce sincronizaciones neurológicas poderosas y que permite acceder a numerosos fenómenos ... Así pues, la práctica de la meditación sin soporte rítmico aporta sólo los beneficios de una disciplina mental, no permitiendo un trabajo realmente profundo. Ritmo y fosfeno son inseparables y estimulan las funciones rítmicas del cerebro y del sistema nervioso y no los utilizamos regularmente por pura ignorancia. La palabra meditación viene del latin « meditatio» que quiere decir ejercicio, es decir, trabajo mental. En el marco iniciático, la meditación consiste en dar ritmo al pensamiento observando una fuente de luz directa o indirecta.

En la práctica de las artes marciales, son los encadenamientos de los movimientos y los kiaï los que dan el ritmo; las katas, por ejemplo, son un estudio rítmico perfecto para asociarse con los fosfenos. No es por azar que al principio de algunas katas, el practicante evoque simbolicamente el sol con un movimiento circular de los brazos. También las manos se colocan a la altura de los ojos y forman un triángulo por el cual el practicante simboliza observar el sol. En la práctica de Kyû-do o más exactamente Shadô, el tiro con arco japonés, el dojo se abre hacia el exterior, dando acceso a los blancos. Una de las reglas del dojo es mantener el suelo siempre rigurosamente limpio y reluciente. Antes del tiro propiamente dicho, se consagra bastante tiempo a la meditación y ésta se efectúa con los ojos entornados. La mirada se fija pues, sobre los reflejos del cielo en el lustroso suelo. La ejecución del tiro se efectua sólo a partir del momento en que el practicante se encuentra en un estado de hiperconciencia, un estado producido por esta fijación de la mirada.

Si se quiere buscar el sentido profundo de las artes marciale, es esencial practicarlas con el principio que les dio origen, es decir, introduciendo el ritmo y las observaciones de fuentes de luz. Es esta práctica tradicional, constante, la que ha dado grandes «maestros».

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